TINKUNACO - Preparación Multidisciplinaria para la Maternidad-Paternidad y Crianza - Santa Fe - Argentina

EXPRESIONES
Cuento para un bebino que venía sentado




Había una vez una pececito hermoso (muuuy hermoso), que vivía contento en una pecera con agua cálida y pura. En la pecera jugaba, comía, crecía y era feliz.



Todos los días se levantaba y salía a pasear por su mundo de 30 cm 2, pero como él era tan chiquito después de dar dos vueltas a su mundo, se cansaba tanto tanto que se tenia que dormir siestas que duraban días enteros.

De estos recreos de sueño sólo lo despertaba los sonidos que venían de afuera de su pecera: la voz dulce de su mamá, la su papá, la de los papas y mamas de su mamá y su papá, la de los hermanos y los amigos; y era tanta la curiosidad que esos sonidos amorosos le ocasionaban que se hacia su bolsito, dejaba colgado el cartel de “ en 5 minutos vuelvo” y salía a recorrer el mundo hasta cansarse.

Con cada vuelta conocía más su universito y como consecuencia: a su mamá. Él sabia, sin haberla visto aún, por dónde era más ancha, por donde más angosta, por dónde más fuerte y por donde más débil. Conocía su voz de felicidad, sus bostezos de pachorra, su risa tentada, su canto dulce, su susurro cariñoso, sus suspiros etéreos.

Sabía perfectamente por dónde pasar para que su mamá hiciera una exclamación de alegría, una de ilusión o una de cansancio, y como todos esos sonidos le gustaban, y como tanto le gustaba escuchar a su mamá, viajaba todo el día provocándolos y escuchándolos.

Y todos los días cansado se acostaba a dormir en su mamá.

Pero un día, ya grande como un verdadero pez, después de su descanso diario, intentó iniciar su viaje, pero estaba tan cómodo recostado en la hamaca que formaban las caderas y el vientre de su mamá que decidió esperar así, creyendo que ya no había sonidos de su mamá y su papá que no conociera.

Gaspar, (que hace poco se que enteró que así se llama), había crecido tan sano y fuerte que ya era muy grande para viajar con comodidad por su mundo sin cansarse al hacerlo.

Tan calentita era la pecera, tan oscurita, se comía tan bien y era atendida por los dueños; que el pececito Gaspar estaba muy cómodo ahí acurrucado en esa maravillosa y húmeda vasija.

Lo que Gaspar no sabe , y que hoy se lo promete todos los días su mamá, es que si hace un viajecito más, un último bolsito, un ultimo cartelito y un último esfuerzo; su mamá le va a hacer escuchar sonidos nuevos que nunca escuchó: como el de la paredes de su pecera rompiéndose y cediendo a la fuerza inevitable de la vida, como el sonido de su cabecita al resbalar por el útero de su mamá, como los gritos de dolor, orgullo y alivio de ella (en ese orden), los suspiros de dolor, orgullo y alivio de su papá (en ese orden).

La mamá también sabe que si Gaspar no se mueve de donde está, también va a escuchar sonidos maravillosos e irrepetibles, por eso no le insiste tanto.

La mamá le cuenta este cuento todos los dias, y Gaspar lo está pensado.